miércoles, 24 de febrero de 2016

AH! LA LLORONA ...

Ya consumada la conquista y poco más o menos a mediados del siglo XVI, los
vecinos de la ciudad de México que se recogían en sus casas a la hora de la
queda, tocada por las campanas de la primera Catedral; a media noche y
principalmente cuando había luna, despertaban espantados al oír en la
calle, tristes y prolongadísimos gemidos, lanzados por una mujer a quien
afligía, sin duda, honda pena moral o tremendo dolor físico.
LA LLORONA
Las primeras noches, los vecinos contentábanse con persignarse o
santiguarse, que aquellos lúgubres gemidos eran, según ellas, de ánima
del otro mundo; pero fueron tantos y repetidos y se prolongaron por
tanto tiempo, que algunos osados y despreocupados, quisieron
cerciorarse con sus propios ojos qué era aquello; y primero desde las
puertas entornadas, de las ventanas o balcones, y enseguida atreviéndose
a salir por las calles, lograron ver a la que, en el silencio de las obscuras
noches o en aquellas en que la luz pálida y transparente de la luna caía
como un manto vaporoso sobre las altas torres, los techos y tejados y las
calles, lanzaba agudos y tristísimos gemidos.
Vestía la mujer traje blanquísimo, y blanco y espeso velo cubría su rostro.
Con lentos y callados pasos recorría muchas calles de la ciudad dormida,
cada noche distintas, aunque sin faltar una sola, a la Plaza Mayor, donde
vuelto el velado rostro hacia el oriente, hincada de rodillas, daba el último
angustioso y languidísimo lamento; puesta en pie, continuaba con el paso
lento y pausado hacia el mismo rumbo, al llegar a orillas del salobre lago,
que en ese tiempo penetraba dentro de algunos barrios, como una
sombra se desvanecía.
La hora avanzada de la noche,el
silencio y la soledad de las calles y plazas, el traje, el aire, el pausado andar
de aquella mujer misteriosa y, sobre todo, lo penetrante, agudo y
prolongado de su gemido, que daba siempre cayendo en tierra de rodillas,
formaba un conjunto que aterrorizaba a cuantos la veían y oían, y no
pocos de los conquistadores valerosos y esforzados, que habían sido
espanto de la misma muerte, quedaban en presencia de aquella mujer,
mudos, pálidos y fríos, como de mármol. Los más animosos apenas se
atrevían a seguirla a larga distancia, aprovechando la claridad de la luna,
sin lograr otra cosa que verla desaparecer en llegando al lago, como si se
sumergiera entre las aguas, y no pudiéndose averiguar más de ella, e
ignorándose quién era, de dónde venía y a dónde iba, se le dio el nombre
de La Llorona."

"La Llorona, era a veces una joven
enamorada, que había muerto en vísperas de casarse y traía al novio la
corona de rosas blancas que no llegó a ceñirse; era otras veces la viuda
que veía a llorar a sus tiernos huérfanos; ya la esposa muerta en ausencia
del marido a quien venía a traer el ósculo de despedida que no pudo darle
en su agonía; ya la desgraciada mujer, vilmente asesinada por el celoso
cónyuge, que se aparecía para lamentar su fin desgraciado y protestar su
inocencia."
Poco a poco, al través de los tiempos la vieja tradición de La Llorona ha
ido, como decíamos, borrándose del recuerdo popular. Sólo queda
memoria de ella en los fastos mitológicos de los aztecas, en las páginas de
antiguas crónicas, en los pueblecillos lejanos, o en los labios de las viejas
abuelitas, que intentan asustar a sus inocentes nietezuelos, diciéndoles:
¡¡¡Ya viene La Llorona!!!

LOS ESPIRITUS DE NOCHE

Hace un tiempo en una casa de las afueras de la ciudad vivían la pareja de abuelos Angelina y Paul Collins. Transcurría el
año 1989 cuando el Sr. Paul fallece de un paro cardiaco, teniendo Angelina que solventarse sola debido a
las deudas que le quedaron de los altos tratamientos que se hacia el Sr. Collins. Es así que su nieto Alan
se muda a la pequeña casa que tenían en el fondo.
Una noche Alan llega pasadas las 2 de la mañana. Al pasar por la ventana de la habitación de su abuela
siente ruidos de cajones que se abren y se cierran, esto le resulta raro, ya que provenían de la mesa de luz
de su abuelo fallecido. Iba a entrar a ver si le sucedía algo a su abuela, pero, y debido a su cansancio, lo
dejó para el otro día, pensó también, que tal vez su abuela estaba buscando algún analgésico, y se fue a
dormir.
Al otro día mientras desayunaba le pregunta a su abuela.
- ¿Te sientes bien abuela?
- Sí, ¿ por qué?
- Es que ayer, cuando volvía de trabajar, pasé por la ventana de tu habitación y sentí ruidos del cajón
de la mesa de luz del abuelo, supuse que buscabas algún remedio, pero me extrañó, ya que tu nunca
tomaste nada, siquiera para el dolor de cabeza.
- Mira, te voy a contar lo que sucede. La noche posterior al fallecimiento de tu abuelo empecé a sentir
los mismos ruidos que tu escuchaste anoche. Las primeras noches me asusté terriblemente, pero lo
peor fue sentir la voz de tu abuelo que me preguntaba dónde estaban los remedios. Otras veces me
decía que me iba a llevar con él para que lo cuide porque se olvidaba las cosas.
- ¿Y cómo lo tratas de solucionar? Lo que es yo, ya me hubiera ido.
- Le digo que se quede quieto, que se deje de molestar. Y entonces todo se para, pero te puedo asegurar
que tengo bastante miedo.
Dos meses después su abuela falleció, según él medico, producto de un paro respiratorio, pero puedo
asegurar que yo, que la encontré junto con Alan, noté que parecía como si hubiera tratado de resistir algo.
Hasta ese momento yo no estaba enterado de nada de lo que sucedía, un día mi querido amigo, después
de una noche de copas, me invitó a que me quede en su casa, ya que por entonces vivía a más de 15 km.
de distancia.
Había algo raro en Alan a partir de la muerte de su abuela, pero lejos de mí estaba atormentarlo con
preguntas, fue esa noche que supe el motivo. Después de tratar de dormir durante una hora, soy de esas
personas que si no duerme en su cama no puede dormir, comencé a sentir ruidos provenientes de la casa
de la abuela. Lo desperté y le dije:
- Alan, hay ruidos en la casa de adelante, ¡quieren entrar a robar!.
- No – dijo paciente- Es mi abuela revisando los cajones.
- ¿Qué? ¿es una broma o algo así?
- No, para nada. Hay muchas cosas que no te conté y es largo para hacerlo . Así que duerme.
- Pero, ¿cómo quieres que duerma si tu abuela muerta anda dando vueltas por la casa?.
- Bueno, ok, ¿si yo hago que pare, me dejarás dormir?
- Ehh...Si, ¿pero que vas a hacer?
- Déjame a mi.
Entonces se levantó, y con un simple -¡Angelina ve a dormir!, todo quedó tranquilo, como cuando
llegamos.
Al mañana siguiente me contó todo lo relacionado con los espíritus de la casa, es por eso que estoy
contando esta historia.
Pero ahí no termina todo. Luego de varios meses negándome a ir a su casa- imagínense tan sólo como fue
esa noche- volví. Después de una noche de baile regresamos, junto con su novia. Yo, que ya casi me
había olvidado del tema, me fui a dormir a la casa del fondo. La novia de Alan durmió en la habitación
que era del matrimonio, según él le sugirió, en estos momentos me hace pensar que, y con las copas de
más que tenía, se había olvidado de lo que pasaba a diario en ese lugar de la casa. Fue entonces que, y
desde donde estábamos durmiendo, empezamos a sentir la voz de Ana pidiendo a gritos que la suelten,
que la estaban ahogando. Alan y yo despertamos de nuestro estado de embriaguez y corrimos en su
ayuda. Cuando tratamos de abrir la puerta nos fue imposible, fui en busca de un martillo para poder
romper la madera, y cuando al fin pudimos entrar, vimos, con nuestros propios ojos, como se estaban
manifestando esos espíritus. Fue terrible ver como trataban de asfixiar a la mujer, que en ese momento se
encontraba bordó y con una sábana enroscada en su cuello, y nosotros ahí parados, sin poder hacer nada,
ya que en el momento en que tratamos sentimos un verdadero escalofrío y una fuerza mayor a la humana
que nos arrastró y tiró contra el ropero, provocando la fractura de mi brazo y tres de mis costillas.
Hicimos lo posible por salvarla pero no pudimos. Ella murió ese 13 de noviembre de 1998. Desde luego
el informe del forense fue muerte accidental por asfixia.
 Nunca más en los siguientes años me acerqué a la casa, no supe nada mas de mi querido amigo Alan.
Nada hasta hoy, 14 de noviembre del 2001, cuando en la televisión vi la noticia “Murió un joven en su
casa por asfixia”. Miré la fecha en el almanaque, y así es que hoy, y mediante este relato, recuerdo la
noche de los espíritus.